Si es cierto eso de que nos podemos reír de nuestras miserias y, aún así, seguir adelante, intentando mantener intacto nuestro sentido del humor, ayer fue el día. Día, con mayúscula.
Con mi niña, a la que tengo que agradecer que me haya metido de cabeza en el mundo del teatro, fuimos a ver el estreno de "La vida resuelta" al Teatro Borrás, con más bien poca idea de lo que íbamos a ver, pero -como siempre- con ganas de pasar un buen rato y disfrutar de esa afición que estamos cultivando juntas desde hace ya... ¡tres años! ¡Cómo pasa el tiempo!
Dos parejas y una madre soltera se encuentran en la clase de una guardería esperando su turno para entrevistarse con la dirección para conseguir plaza. Dos parejas bastante peculiares. Una, el divorciado que roza los cuarenta con su novia de 20 y pocos. La otra, la superyuppie con el marido que se ha convertido en la chacha y la canguro del hijo común de dos años. Y para acabar de adobar el tema, aparece la madre soltera con siete meses tras el ombligo, que también espera conseguir plaza para su Violeta.

Después, cuando sales, con la sonrisa pegada a la cara y la sensación de haber pasado una hora y media fantástica, quieres que todos vayan a verla y salgan igual que tú del teatro. Felices aunque sea algo efímero.
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