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miércoles, 16 de marzo de 2011

MIL GRULLAS PARA JAPÓN

Makiko es japonesa y vive en Madrid desde hace un año. Cuando ocurrió el terremoto en su país, el día 11 de marzo, imaginad cómo podría sentirse. Finalmente supo de su familia y amigos que, afortunadamente estaban bien. Pero la catástrofe la afectó profundamente y decidió poner en marcha un humilde pero precioso proyecto: el proyecto de las mil grullas. Se trata de hacer una grulla de origami y enviarle una foto con tu grulla a su correo electrónico, y conseguir hacer, entre todos, mil grullas.
El proyecto se basa en una leyenda japonesa que dice que, quien haga mil grullas de papel, recibirá un deseo de parte de una grulla. Las mil grullas de Origami se han convertido en un símbolo de paz debido a la historia de Sadako Sasaki, una niña japonesa que deseó curarse de la enfermedad producida por una bomba atómica.
Enlaces:
La página de Makiko con el proyecto y un video donde nos explica cómo hacer una grulla de origami. http://las1000grullas.wordpress.com/about/
Entrada en la wikipedia (de donde he sacado la información de la leyenda) sobre la leyenda de las mil grullas. http://es.wikipedia.org/wiki/Senbazuru

jueves, 17 de febrero de 2011

PATRONES DE NORMALIDAD

La ciencia ficción, aunque mucha gente no lo crea, puede reflexionar sobre muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana. No todo son espadas láser, puertas de Tanhausen y naves espaciales. Que va. Hay historias que se sumergen más allá de la fantasía futurista y hablan de cosas tan mundanas como la soledad, el amor, el odio, las relaciones entre personas…  Ursula K. Le Guin es un exponente de lo que se denomina literatura de ciencia ficción social. “Los desposeídos” o “La mano izquierda de la oscuridad” son obras que no sólo hablan de planetas lejanos o de complejas tecnologías, en el fondo hablan del ser humano y de sus debilidades, defectos y, por supuesto, virtudes.

El otro día vimos en vídeo “Soy leyenda”, la versión protagonizada por Will Smith. Me cogió el gusanillo de releer la novela de Richard Matheson y, en un plis plas, la había terminado. Y me gustó tanto o más como la primera vez. La película, lo reconozco, es entretenida y comercial. Pero la novela va mucho más allá de la simple historia de superviviente –y su perro- que lucha en un mundo poblado por monstruos. Matheson nos habla de la soledad y de las consecuencias de esta en el ser humano. ¿Cómo se debe sentir alguien cuando durante meses –e incluso años- no tiene otro ser humano al que hablarle? Incluso un perro puede ser un regalo caído del cielo. ¿Y cómo nos comportaremos con otros seres humanos después de pasar un tiempo tan extenso solos? ¿Acabaremos sintiéndonos insociables? ¿Perderemos las capacidades de relación que aprendemos en sociedad?

Uno de los temas que me han parecido más interesantes es el de la normalidad. ¿Qué es ser normal? El ser humano tiene unos patrones, más o menos amplios según los individuos, por los que consideramos a algo o a alguien normal, o no. Pero esos patrones no se basan en el individuo sino en la colectividad. Algo o alguien es normal cuando cumple un/unos patron/es que se repiten en una mayoría de individuos. Así, por ejemplo, tener el cabello verde (no hablo de teñírselo, si no, pongamos de nacer con el pelo verde) sería una anormalidad en un mundo donde la gente sigue un patrón de colores “establecidos” concreto. Quizá, en este ejemplo, más que de anormalidad podríamos hablar de peculiaridad, pero el individuo del pelo verde sería diferente. Pero ¿y una persona pelirroja -por ejemplo- en un mundo de peliverdes? Para nosotros está dentro de los cánones normales pero ¿para los peliverdes?

En el mundo que recrea Richard Matheson, la sociedad que conocemos ya no existe. Un bacilo ha convertido en una especie de vampiros a la mayoría. El caso es que, probablemente, Robert Neville –el protagonista-, es el único hombre "normal" vivo que queda (*). Si la mayoría de seres “humanos” que viven en la Tierra son vampiros… ¿Es Neville el normal o lo son ellos? ¿Quiénes son mayoría? Por eso, Neville, siendo único en su especie, es el extraño, el raro, el diferente… y de ahí el título de la novela. Pasa de ser un humano más a convertirse en una leyenda. 

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(*) Hay otra versión de la novela llevada al cine y protagonizada por Charlton Heston que, si no es una gran película de ciencia ficción (como por ejemplo “Soylent Green”) resulta curiosa de ver. Heston está en su salsa. Esta vez no se dedica a fumar puritos mientras se prepara para hibernar y salir al espacio como en “El planeta de los simios” (de eso ya hablé en otro blog anterior y es un detalle interesante ahora que tenemos la ley anti-tabaco). Pero, de alguna forma, sus personajes tienen ciertas características propias, inalienables del mismo Heston. Yo me lo pasé bomba viendo “El último hombre vivo”.
Os dejo con Heston y su versión de la historia de Matheson:


viernes, 11 de febrero de 2011

LEYENDO EN EL BUS


… o, en mi caso, durante el trayecto al trabajo en el metro. Más de una vez, y de dos, me he quedado ensimismada leyendo el libro de turno y me he pasado de estación. Pero desde que tengo vehículo propio, leo mucho menos. Y es que las horas dedicadas a la lectura en los transportes públicos son apreciadas. Luego llegas a casa y, entre las tareas domésticas y dedicarle tiempo a la familia, te queda casi nada para leer. Y en la cama, ya soñolienta, apenas dedico unos minutos al libro que toca antes de quedarme frita.

Hace un par de años, por mi cumpleaños, me regalaron un libro de bolsillo que ha pasado todo ese tiempo en la estantería esperando el momento de ser leído. Y ha sido hoy que lo he terminado con uno de mis –últimamente- escasos momentos en el metro. Apollinaire, Chejov, Kafka, Bierce, Twain y muchos otros autores de renombre en las letras, me han estado acompañando estos últimos tiempos de sequía lectora, a momentos robados, dejándome un grato sabor. Son “cuentos breves para leer en el bus”, tal como reza su título. Y, como decía Baltasar Gracián (y lo recuerda en la tapa del libro): “lo bueno, si breve, dos veces bueno” y estos cuentos cumplen las tres premisas: son buenos, son breves y… dan la impresión de ser doblemente buenos.

El libro se inicia con un título que, más que a su autor, nos recuerda al director de cine que llevó la historia al séptimo arte. Ryunosuke Akutagawa seguramente será bien conocido en Japón, especialmente entre los escritores de ficción –y sus seguidores- ya que hay un importante premio literario del país del Sol Naciente que lleva su nombre. Aquí nos puede sonar a nombre de personaje de dibujos manga. Pero si citamos el título del relato, “Roshomon”, muchos pensaremos en Akira Kurosawa.

Leonid Andréiev “colabora” en este recopilatorio con un relato corto –y bastante oscuro- con “La nada”, donde el diablo –bueno, uno de sus funcionarios- da a escoger a un hombre recién fallecido entre el infierno o el descanso eterno. Según leo en el apartado final sobre los autores, Chejov dijo de este autor que, después de leer dos páginas de su obra, había que salir a respirar dos horas de aire fresco. Y me parece que Chejov, como buen autor ruso, no es que fuera la alegría de la huerta.

Apollinaire, que aunque sea un escritor francés resulta que nació en Roma, es el autor de “El bergantín holandés”, un relato de esos que comienzas y no te imaginas hacia donde nos quiere llevar el autor, porque su inicio, aunque respire cierto aire de misterio, no nos da muchas pistas de cómo puede terminar.

Bierce me divirtió por el tono mordaz de “Aceite de perro”, un relato narrado en primera persona por el protagonista, en el que Buffer Bings nos narra cómo, por su culpa, llevó a la muerte a sus progenitores. Hijo de un honrado fabricante de aceite de perro y de una industriosa abortista local, por un pequeño detalle acaba armándola gorda.

Chejov, sí, el que decía esas cosas de Andréiev, nos deleita con un cuento simpático titulado “Las damas”. El protagonista de este relato acaba agobiadísimo por culpa de la insistencia de las señoras que recomiendan a un joven para el puesto que ha quedado vacante.

Kate Chopin ha sido confinada al olvido –literario- durante mucho tiempo y sus obras esperan traducción pero “El hijo de Dèsirée” está entre los de este recopilatorio. Con el aire de las plantaciones sureñas a “lo que el viento se llevó”, simplemente constata como se puede ser realmente injusto y como esa injusticia puede traer la desgracia a todos por igual.

Bret Harte fue colega de Mark Twain en el mundo del periodismo y aquí participa con un relato sobre un hombre – “El hombre de Solano”-  que, a pesar de que sólo debería haber sabido sobre ovejas, desplumó a todo quisqui. No es de los relatos que más me han gustado pero reconozco que tiene su gracia.

O. Henry no se llamó así hasta 1896. Y es que ese fue el nombre con el que se bautizó después de salir de la cárcel. Su relato, “El policía y el himno”, narra las vicisitudes de un vagabundo que, llegado el invierno, hace sus planes para pasar los meses de frío a “resguardo”. Pero esta vez le va a costar un poco conseguir salirse con la suya.

Kafka nos habla de los nómades en el relato “El viejo manuscrito” y me sorprende porque el título y el contenido del relato no parecen tener relación alguna. O yo no he acabado de entenderlo. Desde luego, el relato no está ni mucho menos a la altura de “la metamorfosis”, ni de lejos.

El relato, en clave de diálogo, de Giacomo Leopardi, me dejó un poco así como fría. Y es que tiene todas las trazas de diálogo para besugos entre un transeúnte y un vendedor de almanaques. “Diálogo entre un vendedor de almanaques y un transeúnte”, tene su  momento filosófico pero, desde mi punto de vista, es uno de esos relatos prescindibles. Y el título tampoco es que esté muy currado.

Jack London me fascinó con un relato sobre los indios, y sobre la vida y la muerte. A través del anciano Koskoosh, vemos como el individuo es un simple engranaje de la vida, y como la muerte es algo inalienable a la misma. De todas formas, no creo que el final de Kokoosh sea justo, pobre hombre. Un relato para reflexionar sobre la inevitabilidad de la muerte. Es lo que tiene “La ley de la vida”

Katherine Mansfield pidió que los escritos que dejaba fueran quemados, pero su marido hizo caso omiso y así leemos “La mosca”, un relato que también se entretiene con el tema de la muerte, aunque de forma distinta a los demás. Y una mosca, de forma involuntaria, es parte de la curiosa trama de este relato. Hay que ser un poco sádico para hacerle tamaña guarrada, pobre insecto.

“Pierrot” de Maupassant nos desvela el lado más grosero de la crueldad. Pierrot es un perrito feo de raza indescriptible que padece un terrible destino por culpa de la avaricia humana, especialmente la de su ama, una dama de pueblo que, desde el mismo inicio, el autor describe como alguien realmente repelente. Poco a poco, los lectores le cogemos ya la misma tirria que él.

Melville, el autor de “Moby Dick”, deja el mar, en esta ocasión, para sumergirse en la tormenta tierra adentro con un relato de final –para mi gusto- algo inconcluyente. “El vendedor de pararrayos” se dedica a ir de casa en casa, en mitad de las tormentas, para colocar su mercancía. Lo que pasa es que, esta vez, tropieza con un cliente algo difícil. Y yo creo que también un poco tacaño.

El relato que se incluye en este libro de Poe es el último que escribió: “Hop-frog”, que viene a significar algo así como rana saltarina y que hace referencia a la manera que tiene de caminar el protagonista por culpa de una malformación. Está totalmente en la línea habitual de Poe y creo que incluso este relato ha sido de esos que se ha llevado al cine. No sé si en una de esas versiones libres de Chicho Ibáñez Serrador o protagonizada por el inigualable –risa incluída- Vincent Price. Pero me suena la historia.

El siguiente autor, que firma como Saki, en realidad se llamaba H.H. Munro. Nos habla del mundo interior de un niño, torturado amorosamente por su prima y tutora, que ve como su propio dios, “Sredni Vashtar” acaba por acceder a sus plegarias. Un relato interesante pero inquietante. Por lo menos, a mí siempre me inquieta ver ese tipo de crueldad en niños, aunque tenga razón de ser. Bueno, el delicado –de salud- Conradín tenía razones para tenerle ojeriza a la prima.

Stevenson, el de la Isla del tesoro, ofrece un relato tipo cuento medieval en el que dos hermanos buscan “la piedra de la verdad”, sólo que cada uno tiene su sistema. Y todos los sistemas no funcionan. Termina con cierta moraleja, aunque, comparado con algunos otros relatos del autor, no es para tirar cohetes.

Twain no defrauda lo más mínimo con “El cuento californiano”. Ambientada en la California tras el esplendor de la fiebre del oro, la historia está llena de emotividad y de humanidad. A mitad de relato se ve venir el desenlace pero no por ello resulta menos emotivo ni defrauda. Es de aquellas historias que terminas de leer y piensas que han quedado bordadas.  Por cierto que lo de “Twain”, apellido literario del escritor Samuel Clemens, que dicen que nació y murió con la llegada de un cometa, lo cogió del grito utilizado para marcar las dos brazas de profundidad en el río, calado necesario para una buena navegación. En este caso, en el Mississippi, donde Twain pasó su infancia y que es el marco de una de sus novelas más famosas, las aventuras de Tom Sawyer.

A Auguste Villiers de L’Isle Adam no lo había oído mencionar en mi vida. Sus obras más famosas son dos colecciones de cuentos “crueles” y debería mencionar que el de esta recopilación lo es –de cruel-. Un judío detenido y torturado por sacrilegio y bla-bla-bla, en tiempos de la Santa Inquisición (me pregunto que tenía de santa… ), es atormentado por última vez con una de las torturas más simples, pero eficaz: “la tortura de la esperanza”. Pone los pelos de punta. Villiers está influido por Poe y Baudelaire y que, además de relatos, escribió poesía, teatro y novela.

¿Hay algo más hermoso que el sacrificio por amor? Bueno, no sé, igual sí, pero en el caso de “El ruiseñor y la rosa” de Oscar Wilde, nos encontramos con que los sacrificios no siempre tienen una recompensa, ni el más mínimo agradecimiento. Diría que este relato tiene mucho de simbólico. Un ruiseñor, emocionado por el amor que profesa un estudiante a su amada, se sacrifica voluntariamente para que este le pueda regalar una perfecta rosa roja. Lástima que la chica no está por la labor.

Siempre me han gustado los relatos. Son como retazos de la vida, aunque a veces puedan abarcar, de forma escueta y concisa, toda una. En general, los relatos aquí recogidos tienen como denominador común lo de narrar momentos concretos, menos el de Stevenson (que abarca un período más largo), en la vida del personaje o personajes protagonistas.
Lo que les ocurra antes o después de ese instante o de ese acontecimiento está de más o, simplemente merece unas pocas líneas para situarnos en el contexto.

Entre parada y parada (o estación y estación), llevar un libro de dimensiones compatibles con el bolso y que, encima, sea interesante y ameno, es muy de agradecer. 

martes, 21 de diciembre de 2010

RETAZOS DE HOY

Leo, en el periódico de turno de hoy, que han recuperado las obras de arte que robaron en Getafe y que todo comenzó al localizar una obra de Chillida vendida por cuatro duros en una chatarrería. No me extrañaría que el resto estuviera en venta en algún mercadillo ambulante, a diez euros la pieza. Será cuestión de estar pendientes, no sea que aquella litografía que nos quieren vender resulte ser un Picasso auténtico. Hasta que lo sepamos y lo recupere la policía, pero luego podremos decir que en el salón de nuestra casa tuvimos una obra maestra colgada en la pared.

Según un estudio, el 94% de los usuarios (activos, imagino) de Facebook aceptan como amigos a gente que no conocen. No es mi caso, ya que la gente que forma parte de mi grupo de amistades es gente que conozco. A veces me llegan solicitudes de amistad de gente que no tengo ni la más ligera idea de quienes son. Le doy al “ignorar”, aunque algunas veces hecho un vistazo al perfil del solicitante, no sea que sí le conozca y mi memoria no abarque tanto. Nunca ha sido el caso. A veces, algunas de estas solicitudes vienen porque son de personas que participan en alguno de esos juegos a los que tantos somos adictos (Farmville, Cityville, etc.). Parece ser que unos investigadores enviaron 2000 invitaciones y, de ellas, 1800 y pico fueron aceptadas.

Mañana nos visita la diosa fortuna, décimos mediante. Los niños de San Ildefonso saldrán a cantar los números que cambiarán la vida a algunos. Sigo sin llevar ni un céntimo de lotería. Mi vida puede que cambie, pero no será por esa vía. Tengo que echarle un vistazo a la primitiva, no me pase como la otra vez, que me despisté, pasaron tres meses y caducó. Menos mal que no había acertado ni el reintegro.

Y después de la lotería… Navidad. Un día de Navidad en fin de semana no sabe igual que si cae en viernes o lunes, pero es lo que hay este año. Si que es cierto que este fin de semana había mucha gente en las grandes superficies, pero tuve la sensación de que había poco entusiasmo en general. Me da como que ni las luces de leds que iluminan las calles están para tirar cohetes. Para el caso, hasta fin de año cae en viernes. Hasta el calendario está en crisis. 

jueves, 16 de diciembre de 2010

PEQUEÑOS RETAZOS COTIDIANOS

Camino por las Ramblas, me cruzo con una chica y me fijo en sus pies. Aunque viste de invierno, abrigo incluido, calza unas chancletas de goma color lila. No es la primera vez que veo algo semejante. Hace unas semanas, esperando a que el semáforo se pusiera verde, me fijé en la chica que conducía la moto a la izquierda de la mía. Abrigada hasta las cejas de tobillos para arriba, no le puedo ver la cara entre el casco y la bufanda, pero calza chancletas de playa. ¿Una moda? ¿Un juanete? ¿Problemas con el calzado?

Miro el escaparate de la zapatería Casas. Me fascinan sus zapatos, algunos más que otros, pero sólo los miro. Unos no están al alcance de mi bolsillo y, para los otros, no tengo ganas de gastarme el dineral que valen. Pero cuantas veces me siento tentada. Me fijo en uno de los escaparates y veo que tienen las UGG’S auténticas. Doscientos eurazos las más baratas. Vale, ciento noventa y cinco. Son australianas, como los canguros, aunque parezcan laponas. Tienen muchas seguidoras (aunque hay modelos masculinos, yo sólo las he visto llevar a chicas) y son el tipo de botas que compraría mi hija, si la tuviera. Probablemente tendría que conformarse con alguna imitación. Las hay de muy asequibles. Si  al año siguiente se quedan muertas de risa en el zapatero, no duele tanto.

Luces de colores cuelgan sobre las aceras de la ciudad. Las tiendas están engalanadas, pero no se nota tanto frenesí como otros años. La crisis hace de las suyas. Toca a todos, a unos más que a otros. Hay una larga cola en la administración de lotería junto a la que paso casi cada día. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Me gustaba más cuando salía el calvo de la lotería. Ahora tenemos a la diosa fortuna…  No compro décimos, porque nunca me toca. Todos los números están en el bombo, pero el mío –cuando lo he tenido- nunca se ha decidido a salir. 

Bajamos del autobús en la fría tarde de diciembre. Hace dos días que las temperaturas han bajado y el invierno ya no se adivina, se nota. Apenas son poco más de las seis pero está tan oscuro que sientes que deberías ya irte a casa, cenar y meterte en la cama. Tenemos suerte que no llueva. Tengo los labios cortados pero me he dejado el bálsamo labial en casa. Hace aire, noto la nariz helada y la adivino colorada. Estamos cerca de la playa, esa que, unos meses atrás, nos quemaba los pies descalzos. Echo de menos el verano, aunque siempre me queje luego de que hace demasiado calor.

En la cola de la librería, una señora pregunta a la chica de la caja si tiene que comprar para que le hagan el descuento que anuncia la tienda. Mi amiga y yo nos miramos… la pregunta ¿tiene trampa o simplemente está mal formulada?  Me hacen descuento en la compra de mis libros, uno de kimonos ilustrado por Annelord Parot y otro para hacer amigurumi de monstruitos, "Monstruitos de ganchillo" de Christen Haden. Nos vamos a tomar un café, para paliar los efectos del frío exterior. Además, se está bien en la cafetería.
 
Ya hemos cenado. Se está calentito en casa. Voy mirando la televisión de reojo mientras me estreno con el libro de amigurumi. Hace tanto que no practico ganchillo que no me acuerdo casi de los puntos. Monto media cabeza pero no me acaba de gustar como queda. En algún lugar, seguro, me he equivocado. ¿Era un punto bajo y menguar? ¿o me he equivocado al aumentar los puntos? Ni idea. Lo deshago dos o tres veces con el libro de páginas satinadas abierto en el regazo.

Me tapo con el nórdico hasta las cejas. Miro los números verdes del despertador digital de la mesilla. Son más de las doce. Hay noches que das muchas vueltas hasta quedar dormida pero hoy no es una de esas. En algún instante después de cerrar los ojos, simplemente me duermo. Buenas noches. 

Koniec.