Han estado por aqui

viernes, 27 de septiembre de 2013

VACIO INTERIOR


Eso de sentir un vacío sin saber muy bien por qué lo conozco. De hecho paso todos los días buscando mil y una cosa para rellenarlo. Pero es curioso eso del vacío que, algunas veces crees que casi te has acostumbrado a él. No echas de menos a alguien que duerma a tu lado, ni echas de menos la compañía en el sofá viendo una peli, ni cocinar juntos o hacer planes para el fin de semana.

Haces esas cosas tu sola y, aunque a veces te entre el pinchacito de la soledad, acabas por ver que no lo llevas tan mal. Quizá porque cada día que pasa te sientes más cómoda en esa situación, porque los recuerdos se borran o se difuminan con el tiempo, porque tomaste la decisión correcta en su momento y sabes que hiciste lo que debías. Aun así, hay días en los que el vacío te supera y es cuando necesitas de toda tu energía para desterrarlo y enviarlo a plantar champiñones al desierto. Que se entretenga allí y te deje en paz.

Llegará un día que ese vacío dejará de existir, bien porque ya no habrá vacío o porque, de tanto acostumbrarme, habrá dejado de serlo. Tiempo al tiempo. Todo necesita su tiempo para madurar. Y yo soy impaciente y siempre espero que las cosas pasen más rápido de lo que requieren.

Mi vacío y yo nos hacemos compañía. Llegará un día que, en vez de una molestia será un aliado. Eso espero. Mientras espero... lleno mis horas de vacío con miles de cosas que también me hacen feliz.

domingo, 28 de abril de 2013

BARCELONA SHOWCASE EN LA CASA BATLLÓ


Aunque el sábado lluvioso lo que le pedía al cuerpo era quedarse en casa y remolonear un buen rato en la cama, la propuesta de mi amiga Carme, para visitar una exposición en la Casa Batlló, era demasiado jugosa como para perderse la oportunidad. Teníamos invitaciones para el evento, que era gratuito pero con reserva, nuestras cámaras de fotos y ganas de compartir la mañana juntas.

Barcelona estaba pasada por agua, como he dicho, y llegamos a la Casa Batlló con los paraguas chorreando. Menos mal que en la entrada nos cogieron los tickets y nos dieron una estupenda bolsita de plástico para meter nuestros paraguas, para poder visitar la expo con comodidad y sin ir dejando un rastro de goterones por todas partes. Eso me ha dado la idea de ir siempre con una bolsa del super en el bolso (que, además, puede tener otras funcionas) los días de lluvia.

Nos sorprendió una exposición muy interesante y muy cercana, porque en casi todas las ocasiones era posible hablar con los autores de las obras expuestas. Nuestro primer encuentro fue con Edmundo Sanz Gadea, que exponía un cuadro que, personalmente, me encantó. Un cuadro bastante minimalista cuya única huella de color era un globo rojo. Hubiera quedado genial colgado en la salita de estar de mi casa, pero… el presupuesto no llegaba y tendré que esperar a que me toque la Primitiva para comprarle una de sus obras.

Carme y yo comentamos nuestra personal actitud hacia el arte y ambas coincidíamos en nuestra opinión. ¿Qué es el arte? ¿Pelarse de frío? Noooo. El arte es todo aquello que mueve tus sensaciones hacia la belleza, que te cautiva, te habla, expresa algo que te hace reflexionar, te seduce, te hipnotiza. Recuerdo que eso me pasó hace dos años, visitando el Thyssen en Madrid, frente a uno de mis cuadros favoritos. Es algo tan subjetivo como el gusto de cada cual (lo de "para gustos los colores"). Por ello, había algunas de las “cases” que nos saltábamos alegremente y otras en las que nos deteníamos, hacíamos fotos, nos entreteníamos en comentar y, si la ocasión lo facilitaba, hablábamos con el autor o la autora. Curioso que, casi todas las obras que más nos atraían, fueran de mujeres.

El colorismo explosivo y el estilo naif de las obras de Wilma Burton o el estilo simple y minimalista de PaulaCox fueron nuestros siguientes targets. Tan distintas y, a pesar de ello, sus obras nos llamaron poderosamente la atención. Mi favorita de Wilma fue la danzarina exótica (supongo que el que haya hecho danza oriental tiene algo que ver con ello) y de Paula, con quien hablamos un buen ratito y nos invitó a visitarla en su taller del Born, la simple pero sincera figura de “Ensueño”.
Hubo muchas obras que captaron nuestra atención pero sólo voy a comentar las que lo hicieron especialmente. En la planta inferior, donde la luz no favorecía mucho la exposición como sí lo hacía en la superior, encontramos los sencillos pero impactantes muebles restaurados de Cherine Nasrí, una artista canadiense que vive en Bélgica y con la que chapurreamos con nuestro mejor inglés de Wisconsin. Sus muebles tienen algo de mágico y de sencillo.

A la salida nos espera la lluvia impenitente en una ciudad grisácea y húmeda. Bajamos por el Passeig de Gracia hacia la Plaça Catalunya, las dos emocionadas comentando la visita de la exposición. Tras un café para calentarnos en la cafetería del FNAC, nos sumergimos en la locura que nos posee cuando estamos en una librería. Dos horitas en el FNAC mirando y remirando, comentando, buscando y decidiendo. Si te llevabas dos libros te regalaban la taza de Aleix Saló (“Simiocracia”, entre otras). Yo elegí un libro de mi tema favorito: el craft. “Puntada a puntada” de Jane Bull, un libro ilustrado para hacer diferentes proyectos en patchwork, ganchillo, bordado, punto y tapiz. Y el segundo, una novela al estilo de “El Club de los viernes”: “Las cenas de los martes” de Monika Peetz. Exprimimos nuestras tarjetas de crédito en la caja y salimos la mar de felices con nuestras compras. 

lunes, 24 de octubre de 2011

¿A QUE HORA DICE USTED QUE TENGO QUE CENAR?


Hacia mucho tiempo que no escribía nada en el blog, desde antes de las vacaciones. La semana pasada me pasó una anécdota que, además de que creo que es interesante comentar, me dio para pensar en cómo nos adaptamos o nos obligan a adaptarnos a las situaciones. No estoy en contra del turismo, ni mucho menos, pero si, como luego comento, en París se cena de 6 a 8... ¿Por qué en Barcelona también si no es la costumbre habitual de muchos? En fin, leed y, si os apetece, comentad. 

***

Habíamos quedado para ir a tomar algo por el centro. Como es lógico, estaba lleno de gente, muchos turistas por todas partes. Hemos andado bastante porque no había ni una sola mesa libre en ninguno de los bares por los que pasábamos hasta que al final, en una calle cercana a la Catedral del Mar, hemos encontrado mesa. La camarera nos ha dicho que si era para cenar o para tomar algo (era para tomar algo) y, ante nuestro estupor, nos ha dicho que las mesas eran SOLO para cenar. ¡A las seis y media de la tarde! 

Como no queríamos liarla, nos hemos levantado y nos hemos ido. Caminando, caminando, encontramos sitio (varias mesas vacias) en una terraza de Via Laietana, un bar que hay junto a la placeta esa donde están las murallas y siempre paran autocares. Nos sentamos. Al cabo de mil años viene el camarero porque le hemos estado haciendo señas, si no, no se acerca jamás. Le pedimos dos claras y nos dice que solo sirven cenas. 

Y aquí, sale la fiera que hay en mi. Le pregunto que cómo es posible que a las 7,15 (miro la hora en mi reloj) no pueda tomarme una cerveza en una terraza y me obliguen a cenar a esa hora. Me contesta que son normas del local y que hay un cartelito (uno diminuto que ni se ve) donde lo pone. Le digo que me parece genial, pero si hay alguna ordenanza que obligue a cenar a esa hora. Me contesta que no lo sabe pero que son normas del bar. Le pido el libro de reclamaciones y me contesta que vaya a la barra y hable con el encargado. Le digo que no me pienso levantar, que cuando me traiga el libro de reclamaciones, dejaré mi queja por escrito. Que vaya a buscar al encargado, pero ya. 

El camarero se va sin tomarnos nota y yo me propongo no moverme de ahí. Mi amigo me mira entre sorprendido y divertido, con lo modosita que yo parezco. En poco menos de un par de minutos viene a nuestra mesa otro camarero, este un chico español. Lleva una libreta en la mano. Saluda. Le pregunto si me trae el libro de reclamaciones o piensa tomarnos nota. Me da la razón, nos toma nota y nos pide disculpas. Le comento que me parece genial que los turistas tengan la costumbre de cenar a las seis o las siete de la tarde (hay un grupo de turistas cerca zampándose una paella) pero que yo soy española y me gusta cenar a partir de las 9,30. Me vuelve a dar la razón. Las dos claras vienen ipso-facto a la mesa y nos quedamos tranquilamente sentados, charlando, hasta que nos da la gana de marcharnos. 

Cuando estuve en Paris tuve que adaptarme a los horarios de cenar y comer de la ciudad. Y lo hice. ¿Por qué en mi propia ciudad tengo que adaptar mis costumbres a las de los turistas? A mi me parece genial que cenen a la hora que quieran, lo respeto pero... si a las 7 de la tarde me quiero tomar una cerveza en una terraza con mesas de acero inoxidable y sillas de idem... me la tomo. No hace ni tres días me senté en una terraza de un glamuroso restaurante tailandés de la calle Consejo de Ciento y me sirvieron dos cervezas a las ocho y media de la noche. Y encima, acompañadas de pica pica. Y encima me costó exactamente lo mismo que nos han costado estas dos claras.

En fin, que me parece de recibo quejarme. Si os pasa... pedid el libro de reclamaciones, ya veréis que pronto os atienden... Que ya está bien que la ciudad sea para los de fuera y para los de aquí... dos piedras. Y supongo que, aunque yo hablo de Barcelona, en la mayoría de ciudades pasará algo semejante. 

lunes, 18 de julio de 2011

LA VIDA ES COMO UNA CAJA DE BOMBONES...

Esta frase de Forrest Gump ya es un clásico. Y, a todas luces, una constatación de hechos. Lo malo es que, a veces, los bombones están en condiciones precarias, están caducados, se han derretido con el calor o son incomestibles. No siempre son dulces, ni tienen sorpresa en su interior (o la sorpresa del interior no es la guinda o la gotita de licor)… Y como decía la madre de Forrest, “nunca sabes qué te va a tocar”.

Ayer, viendo una película, me llamó la atención una frase que decían en ella: “la gente entra y sale de tu vida. Algunos te sorprenden, a otros los echas de menos… en cualquier caso, tu vida sigue”. No recuerdo las palabras exactas, así que esta es una versión libre mía, aunque creo que bastante aproximada. Si combináis la frase del primer párrafo y la del segundo, hasta es posible construir con ellas dos una especie de filosofía de vida. Quizás un poco de eslogan publicitario pero, en todo caso, bastante útil. Si somos capaces de comprender que la vida es una continuidad de eventos, anécdotas y experiencias, de personas que aportan a nuestra vida cosas buenas, malas, anecdóticas o aleccionadoras, es posible que estemos en el camino para sacarle todo el jugo posible a esta nuestra corta existencia. Y como dice una amiga mía, no sabes que cosas buenas te están esperando a la vuelta de la esquina, aunque la esquina parezca un poco lejos.

Si hay algo que no paramos de hacer durante toda nuestra existencia, a veces de forma totalmente involuntaria (además de respirar y tal), es aprender. De las experiencias, de nuestros aciertos y de nuestros errores. La capacidad del ser humano para aprender es muy amplia y, a la par, es muy torpe. ¿Cuántas veces no tenemos delante de las narices una situación de la que deberíamos aprender y no lo hacemos? Por torpeza, por terquedad, por inseguridad, etc. Cada cual tendrá sus razones. Ya lo dicen, que el hombre (y la mujer) tropieza dos veces en la misma piedra.

Todos navegamos con rumbo incierto por las aguas procelosas de la vida, a veces creyendo que vamos al timón, otras nos toca fregar la cubierta, en ocasiones nos subimos al mástil y nos despistamos buscando tierra en el horizonte… Incluso es posible que, de vez en cuando, embarranquemos en algún lugar o zozobremos tontamente en una costa solitaria donde hace un frío del copón. Si somos capaces de clavarle a la barquichuela cuatro tablones para reparar la vía de agua, o de ponernos a hacerle chapa y pintura… cuanto menos seguiremos hacia delante. Las velas se zurcen, los cascos se reparan y a la cubierta siempre se le puede dar una mano de barniz. 

"No sé si todos tenemos un destino, o si estamos flotando casualmente como en una brisa... pero yo creo que pueden ser ambas, puede que ambas estén ocurriendo al mismo tiempo. ". Tom Hanks (Forrest Gump)

martes, 12 de julio de 2011

ME DA EN LA NARIZ...

Ayer, en un hilo de conversación, un amigo me recordó un relato que yo había escrito, hace algunos años, que él había descrito como un relato olfativo. Porque, entre otras descripciones, yo insistía en las percepciones de la protagonista acerca de los olores. O mejor dicho, hedores. Y es que, aunque el olfato no sea uno de los sentidos a los que les damos más prioridad, su función va más allá de la pura función informativa.

Un olor puede retrotraernos a un recuerdo del pasado, por ejemplo. Puede atraernos, repelernos, puede hacernos salivar de hambre, puede cambiar incluso una atracción por un rechazo. Quizás el olfato no es un sentido tan vistoso como la vista, valga la redundancia, ni tan directo como el tacto o tan sublime como el sentido del oído.

Tengo un buen puñado de recuerdos olfativos. Quizás el que describo en mi relato, que ayer rebusqué en el baúl de los recuerdos, rescaté y leí divertida, aunque aplicado a una historia totalmente ficticia, sí formaba parte de mi memoria olfativa. Recuerdo, hace veinte o más años, pasar un fin de semana en una pensión de mala muerte, de esas que tiene el baño en el pasillo y has de compartir con un puñado de desconocidos. Cuando está libre. Recuerdo los pasillos de suelo de linóleo, las paredes cubiertas por un papel pintado de flores amarilleadas por el tiempo… pero lo que se me quedó grabado fue aquel olor que lo impregnaba todo, un olor a verduras, a col hervida –y rancia-.

Otro recuerdo bastante intenso en cuanto a olores se convirtió en un antojo. Yo debía estar de cuatro o cinco meses, pasé por una callecita en la que había un colmado de Llegums Cuits (legumbres cocidas) y me asaltó, a traición y sin avisar, un aroma de lo más tentador: de lentejas cocidas. Me asaltó, me envolvió y no tuve mas remedio que volver sobre mis pasos y comprarme un cucurucho de lentejas. Y digo que se convirtió en un antojo porque una de las comidas favoritas de mi hijo son estas legumbres. Le haces un estofado de lentejas en pleno mes de agosto y es feliz.

Un perfume demasiado intenso puede convertir un trayecto de ascensor en una tortura para tu sentido olfativo. Un ligero aroma a colonia de hombre te puede hacer girar 180º la cabeza en la búsqueda visual de su origen. Vivimos rodeados constantemente de olores: la fetidez de una cloaca en un seco día de verano, el aroma de jazmines durante un paseo, el hedor de sudor rancio en la hora punto del metro o el bus, un hilo de incienso pasando junto a la puerta de una tienda (a veces, entro en una tienda sólo porque el olor que emana de ella me encanta), la fetidez de los tubos de escape en un semáforo, o ese tufillo mareante de la gasolina mientras repostas (que no sabes si te gusta o no). El olor picante del césped recién cortado, el aroma de un café, la fragancia dulce de un bebé, las esencias que nos invaden en una tienda de especias, el olor del papel de un libro, o el de la tinta de un periódico recién comprado. O el aroma de un buen vino, y aquí dejaría a mi amigo Luís que se explayase en su descripción, cosa que no se le da bien… se le da de maravilla.

Y por si no tenemos suficiente con todos esos olores que nos rodean por todas partes, despertando distintas reacciones y distintos sentimientos, rememorando recuerdos en ocasiones… nosotros mismos somos una fuente inagotable de aromas. Bueno, estoy hablando del cuerpo humano bien aseado (sin el “bien”, también somos una fuente inagotable pero no precisamente de aromas). Aunque uno, a si mismo, no se acostumbra a oler, los demás sí lo hacen. El olor corporal de una persona puede atraernos incluso más que otros elementos más palpables y a la vista. Te puede gustar su físico, sus ojos, su sonrisa… pero si te gusta su olor, estás perdida.